María de las Angustias del Castillo

 

Aristócrata, experta en geometría sagrada y en inversiones. Abuela de Hortensia

 

 “Desde pequeña yo también veía cosas que lo demás no veían, pero mi madre me obligó siempre a guardar en secreto todo eso…”

 

He pasado ya los ochetan años y si tengo que resumir lo que ha sido mi vida hasta ahora, como me ha pedido la autora, he de reconocer que ha sido una buena vida. He tenido la suerte de estar rodeada de hijos que me han dado decenas de nietos y biznietos que son la alegría de este enorme caserón en el que me crié.

Era la última descendiente de una antigua familia y crecí entre institutrices inglesas hasta que quede huérfana de padre, las institutrices desaparecieron, y el caserón se llenó de curas y monjas que intentaban espantar los demonios que, según ellos, atormentaban a mi madre.

Desde pequeña yo también veía cosas que lo demás no veían, pero mi madre me obligó siempre a guardar en secreto todo eso para que no me pasase lo que a ella. Me puso en manos de una niñera muy especial que me instruyó en los secretos del esoterismo y de las terapias alternativas, para desarrollar los dones que, según ellas, yo tenía.

Cuando mi madre murió mi tutela pasó a su único hermano, mi tío Ildefonso, que entre viaje y viaje por todo el mundo pasaba largas temporadas conmigo en la hacienda. A pesar de que todos lo tenían por un golfo empedernido, él se tomó muy en serio el trabajo de enseñarme a manejar las cuentas y el dinero de la familia. Decía que él nunca tendría hijos y que sobre mis hombros recaía la responsabilidad de que ni el linaje ni la fortuna de la familia se perdiesen.

Pasábamos muchas horas juntos mientras él me enseñaba cómo funcionaba el negocio de las materias primas y el difícil arte de entender la contabilidad de las empresas.

Cuando me enamore de Onésimo Salazar a mi tío no le gustaron ni sus ideas políticas (Ildefonso siempre fue un liberal) ni su profesión, pero no se opuso a nuestra boda porque si había algo que le gustaba de Onésimo: la gran familia Salazar. Dijo que yo necesitaba tener una familia y que seguro que con los Salazar nunca estaría sola, y tenía razón.

He pasado toda mi vida en el campo, rodeada de niños y cuidando del patrimonio familiar, mientras Onésimo iba de un lado para otro y hacia carrera en el ejército. He sido feliz a su lado a pesar de que a veces tiene muy mal genio. Es un buen hombre, que ha sabido entender que yo era distinta al resto de la gente, que tengo dones y veo cosas que los demás no ven.

Ahora os tengo que decir algo de mi nieta Hortensia. Para mí es una persona muy especial desde su nacimiento. Estoy convencida de que es un dodecaedro, el quinto elemento que salvará al mundo. Está predestinada a hacer algo muy importante, por mucho que intente huir de su destino.

El destino la encontrará, lo sé, nunca me he equivocado en esas cosas. También sé que guarda un secreto, algo que le pasó tiempo atrás, aunque desafortunadamente no pude verlo y ella siempre me lo ha negado.

Hortensia es una mujer de su tiempo, fuerte como para moverse en un mundo de hombres y superarlos en muchas cosas. Encara los problemas con tranquilidad y una sonrisa, en eso se parece a su madre, pero tiene mucho de los Salazar y no hay que enfadarla, porque entonces la sangre de miles de ancestros guerreros tomará el control y se volverá peligrosa, podría desencadenar un infierno. Sólo le he visto quebrarse una vez, la única vez que se ha enamorado de verdad. El amor la ha hecho más vulnerable pero también más humana.

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